lunes, 20 de octubre de 2014

Burg Hohenzollern y un poco de Stuttgart (12/10/14)

El sábado fue un día de relax debido al cansancio de la Cannstatter Wasen y a que el domingo teníamos que estar a las 7:15 de la mañana en la estación de tren de Tübingen para visitar el castillo de Hohenzollern con una excursión. Eso se tradujo en que me levantara sobre las seis menos cuarto de la mañana aproximadamente...pero mereció la pena.

Para llegar hasta allí, primero tomamos un tren hasta Hechingen (el pueblo al que pertenece el castillo), y luego un autobús que nos dejó aproximadamente a la mitad de la montaña en la que está el castillo. Pero vaya tela con la otra mitad de la montaña...había un camino para llegar hasta el castillo, pero estaba muy escarpado y costaba mucho subir. Al menos se me hizo algo más ameno porque una chica alemana, al ver que hablábamos en español, nos empezó a hablar en nuestro idioma porque había estado viviendo en Colombia algunos meses y cómo no, le gustaba hablarlo y quería practicarlo (así es imposible aprender alemán). 

Una vez que entramos en el castillo se nos olvidó el esfuerzo de subir hasta arriba. Las vistas desde el Burg eran simplemente impresionantes...encima ese día estaba nublado y con niebla, lo que hacía que a pesar de que no se vieran bien los pueblos de abajo, el ambiente fuera entre místico y tenebroso. Una vez dentro, seguimos una visita guiada en inglés (menos mal) en la que la guía nos explicó resumidamente el árbol genealógico de la dinastía de Prusia y su origen (el castillo pertenece a ellos). También nos explicó otras cosas curiosas como que el actual castillo es el tercero que se construía ahí y que no se edificó con fines de habitarlo, sino como un "recuerdo" de la grandeza de esta dinastía. Muy curioso fue el detalle de ponernos una especie de zapatillas de estar por casa para andar por ciertas partes del castillo y que así no se estropee el suelo.

El castillo simplemente era precioso, y como he dicho anteriormente, con la niebla que se veía por las ventanas parecía más místico aún. También visitamos dos capillas (una católica y otra protestante) que hay dentro del recinto, pues se construyeron en función de las religiones que profesaban algunos de los componentes de las familias. Por lo visto también hay una ortodoxa, pero uno de los miembros de la familia que aún sigue vivo no quiere que sea visitada por los turistas. También vimos un pequeño museo de piezas de valor de la dinastía de Prusia, entre la que destacaba una corona de terciopelo, oro, zafiros y diamantes. Diréis "ojalá la llevara puesta", pero no se yo que decir...tenía pinta de pesar bastante. 

Mientras que hacíamos tiempo para reunirnos todos los que habíamos ido a la excursión, nos quedamos embobados con un hombre que estaba haciendo pompas de jabón gigantes. Sí, vamos a un castillo con mucha historia y uno de los más bonitos de Alemania y lo que más observamos es cómo ese hombre hacía su trabajo, algo que está en muchas plazas de grandes ciudades en toda España...no tenemos remedio. 

Lo gracioso fue la vuelta, pues tuvimos que bajar toda la montaña a pie...y mis botas resbalaban. Si no me pegué tres resbalones no me pegué ninguno, pero por suerte ninguno terminó en caída. Ahora sí, al igual que subir mereció la pena, bajar (aunque con el miedo de caer rodando) lo merecía incluso más, porque cuando ibas bajando y mirabas atrás, veías la montaña con su bosque frondoso y el castillo coronando la cima. Mientras que nos dirigíamos a la estación de tren conocimos a una chica belga pero que habla alemán perfectamente, y para practicar un poco me puse a hablar con ella en el idioma germánico como bien podía. Al menos me entendió, que fue lo importante, y pudimos mantener una conversación decente.

Al llegar a Tübingen, José y yo decidimos aprovechar el ticket del día que habíamos tenido que comprar al no tener todavía el maldito Semesterticket y pensamos en visitar otra ciudad. José habló con un chico estadounidense que conoció el día anterior, y con sus amigas fuimos a Stuttgart a pasar un rato de la tarde. Sólo vimos el palacio que se encuentra en el centro de Stuttgart y paseamos por una de las principales calles comerciales, pero como era domingo y por la noche no pudimos hacer mucho más. Cenamos en un chino cuya comida no picaba más no se yo por qué...José y yo pensamos que íbamos a echar fuego por la boca, y no comimos más por miedo a que nos sentara mal la comida. Ya era tarde y como he dicho no había mucho que hacer a esas horas, por lo que decidimos volvernos a Tübingen e ir otro día con más tranquilidad a la capital del Land.



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