Este día, sin duda, será uno de los que recordaré durante toda mi Erasmus y mucho después de volver de ella.
Para poder entender la historia, primero hace falta saber que en Alemania, como en todos los países (supongo) hay distintos tipos de trenes: los más importantes para esta historia son el IC (intercity), que es el homólogo al AVE de España, el IRE y el RE, que son tipo Media Distancia.
Quedamos tempranito para poder coger el RE Tübingen-Stuttgart y poder llegar a Heidelberg sobre las 11 y algo y tener tiempo de ver la ciudad bien; pero el tren llegó con unos 10 minutos de retraso (aquí empezamos a darnos cuenta de que lo de la puntualidad alemana es un poco mito). El resultado fue que cuando llegamos a Stuttgart quedaban unos cinco minutos para que saliera el IC Stuttgart-Frankfurt con parada intermedia en Heidelberg, o si no tendríamos que esperar a un IRE que tardaba en llegar a nuestro destino el doble que el IC. Conseguimos montarnos en el IC, pero lo hicimos por un vagón de primera clase. Nosotros estábamos flipándolo porque era el mismo diseño de tren que en Harry Potter o en la película Anastasia (un pasillo con compartimentos separados y seis sillones muy cómodos y una mesa cada uno). Como no había nadie, decidimos sentarnos en uno de esos compartimientos, a sabiendas de que no podíamos estar allí porque el billete en promoción que habíamos comprado era válido sólo en segunda clase. "Si viene el revisor, le decimos que nos hemos equivocado y ya está", dijimos.
Pues sí, el revisor vino. Pero para nuestra sorpresa, lo primero que nos dijo no fue que estábamos en primera clase, sino que la promoción que habíamos comprado no era válida para el IC en el que íbamos. A todos se nos quedó una cara de incrédulos increíble, tanto que creemos que el revisor se percató de ello y nos perdonó la multa de 40 euros que nos habría caído a cada uno. Aún así, se fue refunfuñando "es que encima vais en primera clase". Esto lo tomamos como una indirecta, y tal y como decidimos anteriormente, nos fuimos y pasamos los cinco minutos de viaje que quedaban en la plataforma de las puertas.
Al llegar por fin a Heidelberg decidimos ir a la oficina de turismo a que nos dieran un mapa y nos informaran sobre qué ver en la ciudad. Mientras que nos dirigíamos al centro, paramos en un supermercado a comprar algo de comida (cuarto día comiendo más bien regular). Una vez llegados al centro, paseamos por la Hauptstrasse, una de las calles peatonales más largas de Alemania, llena de tiendas de todo tipo y puestos de comida. También visitamos la Universität Platz y posteriormente nos dirigimos al puente de Carlos Teodoro. Como hacía un día digno de primavera en Andalucía, y a sabiendas de que pocos días nos quedarían así, decidimos comer en el césped de unos márgenes del río, acompañados de una buena Paulaner. La verdad es que fue espectacular almorzar con las vistas al puente de Carlos Teodoro, el centro de la ciudad y el Castillo de Heidelberg en la montaña. Tras terminar la comida reposamos un poco bajo el sol alemán, y cuando volvieron José y Mariate (que se habían separado un rato), subimos a Philosophenweg, un paseo con muchos miradores y a partir del cual se ve toda la ciudad. Casi se nos van los pulmones en ello (se nota que estamos acostumbrados a hacer poco deporte), porque las cuestas eran muy escarpadas y porque cuando llegamos arriba a mi personalmente me costaba respirar. Pero por tener esta preciosa ciudad a los pies merecía la pena.
Iniciamos la marcha hacia abajo y entramos en un centro comercial para ir al baño. Una chica que estaba promocionando productos me dio un mini-bote de laca y me empezó a hablar en alemán. Yo no entendí apenas nada de lo que me estaba diciendo, así que sólo asentí, cogí el botecito y me dirigí al baño (espero que fuera gratis).
Lo más importante que nos quedaba por visitar era el Castillo de Heidelberg, por lo que subimos (esta vez sin dejar el higadillo en el intento) hasta allí. Aquí nos dimos cuenta de la importancia de los artículos en alemán, pues José preguntó dónde estaba "die Schloss" a un hombre que cuando escuchó eso puso una cara muy extraña, por lo que dedujimos que ese no era el género de la palabra. Lo buscamos y, efectivamente, correctamente es "das Schloss".
Una vez arriba, un mimo "secuestró" a Mariate y no la soltaba ni a la de tres. Nosotros seguimos hacia adelante pensando que así el mimo la soltaría, pero nada. José tuvo que ir a donde estaban para pedirle que la soltara y el mimo le dijo entre risas que cuánto pagaría por ella. José le echó 50 céntimos y así por fin la soltó. No entramos al castillo porque no teniamos tiempo ni mucho dinero, así que paseamos alrededor de él. Otra anécdota que me sucedió allí es que una chica sudamericana me pidió en alemán que les hiciera una foto a ella y a su familia, a lo que le contesté en español "a mi puedes hablarme normal". La costumbre de tomar por "normal" lo tuyo...
No nos quedaba mucho tiempo, así que emprendimos nuestro viaje de vuelta hasta la estación de tren, no si antes parar Ara a comprar Currywurst y Lucía, Nico y yo una Bratwurst. Mientras íbamos caminando mirábamos a qué hora salía tren y si era IC, para no cogerlo. Pero entonces vimos que todos los trenes de Heidelberg a Stuttgart eran IC...Por lo que o cogíamos ese ilegalmente o no teníamos forma de volver. Después de el cachondeo que teníamos desde lo sucedido por la mañana, ya seguimos con ello pensando en hacernos los tontos, en no entender, y sobre todo, en no reirnos, algo que veíamos inevitable porque la situación era bastante irrisoria,
Llegamos a la estación y en la pantalla vimos que había un RE hacia Stuttgart. Efectivamente, lo buscamos en un ordenador de allí y vimos que había una forma de llegar a Tübingen "legalmente", pero tardaríamos como tres horas, frente a la hora y media si íbamos con un IC. Lucía, Nico, José y yo votamos por la forma "ilegal", y Ara y Mariate por la "legal". Estuvieron a punto de convencernos, de hecho, fuimos al andén del RE, pero dos minutos antes de que llegara el tren, las convencimos y nos dimos la vuelta hacia el andén del IC. Y aquí empieza lo bueno: bajamos, y vemos que lleva un retraso de 10 minutos. "Bueno por diez minutos no pasa nada", dijimos. El problema es que el retraso subió a 20 minutos, y luego a treinta. Pensamos entonces que lo mejor era sentarnos. Nos sentamos, y al rato Lucía fue a ver si el retraso había bajado; pero volvió a nosotros corriendo y con para de preocupación. Cuando llegó, dijo: Pone "this train is not running", no puede ser verdad..."No puede ser verdad" es lo que pensamos todos. Todo el mundo del andén no sabía que había pasado, y menos nosotros que no tenemos mucha idea de alemán. Nos dio por reirnos por no llorar y por saber que alomejor teníamos que buscarnos un sitio para dormir esa noche en Heidelberg. Por suerte, vimos que en andén de al lado también había otro IC hacia Stuttgart, aunque tardaba cuarenta minutos en llegar...pero menos era nada.
Pero, de repente, el tren que ya no iba a pasar, volvio a poner retraso, esta vez de cuarenta minutos "Bien, al menos podremos cogerlo", pensábamos, aunque nos dio un poco de miedo no poder montarnos porque vimos que en algunas puertas de los trenes los revisores estaban abajo. Seguíamos con la risa floja y todo el mundo mirándonos. Entonces me di cuenta que en otro andén había un cartel de un RE que iba a Stuttgart, y para evitarnos cualquier problema más optamos por coger ese, pues sabíamos que así llegaríamos al menos legalmente a la capital del Land. Tras casi dos horas en la estación esperando, pudimos montarnos en un tren calentitos, porque ya empezaba a refrescar fuera. Después de todo el día andando, caímos rendidos en el tren, y eso que pensábamos salir cuando llegaramos a Tübingen.
Pero entonces llegamos a Stuttgart...Y Nico le propuso a Ara que si era capaz de abrir una botella de vino que habíamos comprado (a la vuelta pasamos por el mismo súper de la mañana, y compramos dos botellas de vino rosado para todos, y alcohol para cada uno o en grupos), saldríamos. Y Ara abrió la botella empujando el corcho con un cuchillo que llevaba en el bolso bajo la atenta mirada de dos policías, que sólo se rieron porque esos días, con la Cannstater Wasen estaban un poco acostumbrados a ver borrachos por la estación. Al abrir la botella nos dimos cuenta que debíamos bebérnosla en el momento porque ya no se podía cerrar, pero teníamos que montanos ya en el tren Stuttgart-Tübingen. ¿Qué hicimos? Claro que sí, montarnos en el tren bebiendo. Pero como nos quedaba un poco de "decencia", decidimos no ponernos en los asientos de un andén con toda la gente delante, sino en la plataforma de las puertas. Y allí nos terminamos la primera botella. "Bueno, abramos la segunda, ya que estamos, ¿no?". Y así Ara abrió la segunda con la misma técnica. Entre las dos botellas de vino y el pavo que teníamos todo el día ya íbamos un poco contentillos, pero se nos acabó el alcohol comunitario. Entonces José ofreció el vodka con naranja que se había comprado para el para beberlo a chupitos, y así que hicimos. Total, que cuando nos bajamos en Tübingen ibamos ya ambientados a pesar del cansancio que teníamos encima, y nos fuimos a la cocina de Lucía a seguir bebiendo.
Al menos fui a mi casa a buscar galletitas de Bretzel porque necesitaba tener algo de comida en el cuerpo, y menos mal que me los llevé porque todos necesitaban algo que comer, por lo que los Bretzel volaron. Y después de eso, para acabar, nos fuimos al Kuckuck a bailar un rato hasta las tres y pico. Casi un día despiertos, pero la verdad que mereció bastante la pena.

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