jueves, 16 de octubre de 2014

Llegada a Alemania (1/10/2014)


Tras meses de espera, nervios y preparativos, el día por fin llegó. Los días previos estuvieron llenos de despedidas y de sacar unas cosas y meter otras tantas en la maleta. La noche anterior pude dormir con relativa tranquilidad -previa valeriana-, aunque el sueño del madrugón para dirigirnos al aeropuerto no lo quitaba nadie. 

Una vez que llegué al aeropuerto saludé a mi compañero Jose, que ya se encontraba allí con su familia. Tras facturar la maleta -con exceso de peso, pero imposible de reducir ya que la llevaba enrollada en celofán- esperamos un rato, que cada vez queríamos retrasar más para no despedirnos de nuestros padres. Durante la espera vimos a un montón de periodistas por el aeropuerto, dándonos cuenta luego de que la presencia de éstos se debía a que el Sevilla F.C. volaba a Croacia para jugar un partido de la UEFA. 

El tiempo se acabó, y Jose y yo debíamos pasar ya el control de seguridad. La peor despedida fue con mis padres y mi abuela, pero aún así intenté hacerme la fuerte y no llorar. Lo conseguí. Pero a pesar de ello, seguía mirando por el cristal diciéndoles adiós con la mano, hasta que pasé por el arco y ya no pude verles más. Ya sí que no había vuelta atrás, solo podíamos mirar hacia adelante.

En la sala de embarque nos encontramos con otro de nuestros compañeros, Nico. Una vez que nos montamos en el avión, cuando llevábamos algunos minutos de retraso nos comunicaron que el vuelo saldría unos 5-10 minutos más tarde porque había un pasajero que había facturado maleta pero no había acudido al embarque. No, no se piensa nada bueno cuando te dicen eso porque ya te empiezas a imaginar que es una bomba o algo así -qué daño ha hecho Hollywood...-

Cuando llegamos a Barcelona nos encontramos con nuestras otras tres compañeras de cuarto, Lucía, Ara y Mariate. También en la cola del embarque nos presentamos a Carmen, una chica de Málaga con la que yo ya había hablado por Facebook algunos días antes del viaje. El vuelo Barcelona-Stuttgart fue un visto y no visto, y cuando nos dimos cuenta ya estábamos en tierras germanas. 

¿Qué es lo primero que haces cuando llegas a un país cuya lengua no manejas muy bien? Sí, leer cualquier cartel que te encuentres intentando descifrar qué pone. Por suerte en el aeropuerto también venían las indicaciones en inglés, si no todavía me veo por allí dando vueltas! 

Como éramos siete personas y teníamos el tiempo justo para poder llegar a Tübingen y coger las llaves de nuestras habitaciones, alquilamos un taxi. Tras jugar al Tetris en el maletero de la furgoneta, pusimos rumbo a nuestro destino final. Lo que más me llamó la atención al principio es que todo estaba rodeado de verde, de bosques inmensos, algo totalmente diferente a la costa de Huelva o Sevilla.
Una vez desembarcados en la residencia, fuimos a recoger nuestras llaves. Las chicas de la oficina son muy agradables, en cuanto nos vieron un poco perdidas con el alemán nos preguntaron si preferíamos que nos hablaran en inglés, a lo que rotundamente afirmamos. El problema llegó cuando tuvimos que ir a buscar las llaves a la oficina de nuestro Hausmeister...es el único alemán -hasta la fecha- que nos hemos encontrado desagradable. En cuando se percató que éramos españoles, empezó a soltar todos los tópicos que sufrimos: que siempre hacemos ruido, que sólo vamos a los sitios a hacer fiestas y que nunca intentamos aprender otro idioma (En este caso, alemán), Cabe decir que lo único que le dije fue "Hallo, ich brauche meine Schlüsseln" -Hola, necesito mis llaves".

Lo poco amable que fue el Hausmeister se volvió a compensar con el chico que nos mostró cuáles eran nuestras habitaciones y nos explicó el sistema de reciclaje de los residuos en Alemania (aquí si tienen bastante conciencia de ello). También fue compensado con creces con la ayuda que nos brindó Andrea, nuestra coordinadora aquí en Tübingen, que tuvo la amabilidad de acercarse a la residencia para darnos papeles que necesitábamos al día siguiente si queríamos ser capaces de hacer todos los trámites la mañana del día siguiente.

Llegada la hora de cenar, conocí a mis dos compañeros de pasillo, un brasileño -Flavio- y un alemán -Manuel-. Estuvimos hablando un rato entre inglés y alemán, pero les dije que iba a ducharme y dormir, ya que estaba muy cansada de todo el día.

Por fin, tras hablar con mis padres por Skype y que comprobaran que había llegado sana y salva, pude irme a dormir; pues el día siguiente también iba a ser ajetreado...


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